Prólogo 9
PRIMERA PARTE
EL NIÑO Y ADOLESCENTE
SEGUNDA PARTE
EL ALUMNO MODÉLICO
21.. El coadjutor 268
TERCERA PARTE
EL CONCILIO
CUARTA PARTE
EL MAESTRO
QUINTA PARTE
ROMA
SEXTA PARTE
EL SUMO PONTÍFICE
Epílogo: Papa emeritus 1059
Últimas preguntas a Benedicto XVI 1073
Notas 1081
Créditos de las fotografías 1129
Índice de nombres 1131
«Mi impulso esencial ha sido sacar a la luz
el auténtico núcleo de la fe,
oculto bajo las incrustaciones,
a fin de devolverle su fuerza y dinamismo.
Tal impulso es la constante de mi vida»
JOSEPH RATZINGER
Prólogo:
Mi primer encuentro con Joseph Ratzinger tuvo lugar en un día húmedo y frío de noviembre de 1992. Tenía que escribir un retrato de él para el suplemento de fin de semana del Süddeutsche Zeitung, y me sorprendió la gran apertura con la que el «gran inquisidor» acogió a su visitante.
En el curso de los años he planteado al cardenal, al papa en ejercicio, al papa emérito probablemente en torno a las dos mil preguntas, quizá incluso más. En la última de todas dudó. Responderla, me dijo, «equivaldría, se quiera o no, a inmiscuirme en el gobierno del papa actual. Todo lo que vaya en esa dirección quiero y debo evitarlo».
El emérito Benedicto XVI nunca se ha convertido en un papa en la sombra, ni en un papa alternativo, ni en un antipapa. Antes al contrario, siempre ha tenido exquisito cuidado de no entorpecer en ningún momento la acción de su sucesor. Por lo demás, nunca ha hecho voto de silencio. Las últimas palabras que pronunció -ya en Castel Gandolfo- como papa en ejercicio subrayaron que, «a partir de las ocho de la tarde ya no seré papa, ya no seré el pastor supremo de la Iglesia católica. […] Pero me gustaría seguir trabajando con el corazón, con mi amor, con mi oración, con mis pensamientos, con toda mi fuerza interior, por el bien común, por el bien de la Iglesia y la humanidad».
¡Qué trayectoria! ¡Un muchacho de un pueblo bávaro al pie de los Alpes se convierte en responsable supremo de la institución más antigua, grande y misteriosa del mundo, de la Iglesia católica y sus 1300 millones de miembros! Con él volvió a sentarse en la sede petrina después de quinientos años un alemán, un teólogo cuya obra eclesial y teológica era ya grande y significativa. Joseph Ratzinger ha escrito páginas históricas. Como «novel» en el Concilio Vaticano II, como renovador de la teología, como el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe que, al lado de Karol Wojtyla, mantuvo el rumbo de la nave de la Iglesia en medio de las tempestades de la época. Y también como el primer papa en ejercicio que renunció, por razones de edad, a su ministerio. Nunca antes había habido un papa emeritus. Nunca antes un único individuo había transformado tanto el papado de un día para otro.
El mundo está profundamente dividido cuando se trata de entender y encuadrar a Benedicto XVI. Se le considera uno de los pensadores más agudos de nuestra época, pero al mismo tiempo es una figura controvertida. Un inconformista que saca a sus adversarios de sus casillas. En cuanto se habla de Ratzinger, observa el filósofo francés Bernard-Henri Lévy, «los prejuicios, la insinceridad, incluso la palmaria desinformación dominan cualquier debate». La austriaca Friederike Glavanovics, experta en medios de comunicación, analizó en un estudio científico la llamativa tendencia, verdaderamente compulsiva, de algunos periodistas a situar las noticias negativas concernientes a Joseph Ratzinger en un contexto aún más negativo. Según esta investigadora, se ha construido una imagen «que no obedece a la realidad, sino solo a la viabilidad», a una idea ficticia al servicio de una finalidad determinada.
¿Quién es este hombre en realidad? ¿Cuál es su mensaje? ¿Hubo de hecho un «trauma de 1968» que lo convirtió de teólogo progresista en un reaccionario con el freno siempre echado? ¿ Fue de verdad el «cardenal de hierro» que presentaban los medios de comunicación? ¿Encubrió a culpables de abusos sexuales contra menores y otras personas vulnerables, calló al respecto? ¿Fue su pontificado un fracaso de principio a fin, como no se cansan de afirmar sus adversarios? Benedicto XVI: Una vida indaga en el origen y la personalidad del papa alemán, así como en las vicisitudes dramáticas de su vida, y llega -mediante, entre otras cosas, la reconstrucción de fracturas como los casos Williamson y Vatileaks- a conclusiones sorprendentes. Pido disculpas por errores que ni siquiera la más concienzuda revisión puede evitar. Espero comprensión por la extensión de la obra, que no estaba planeado que fuera tanta y que se debe a la abundancia de material y la relevancia del protagonista. Dado el caso, conviene saltarse páginas sin temor. Era importante mantener la distancia crítica y, no obstante, considerar los hechos con la imparcialidad indispensable para una comprensión auténtica.
Ningún libro puede escribirse sin ayuda, plenos aún una biografía que abarca un siglo entero, desde el final de la República de Weimar hasta la era digital. Quiero dar las gracias a los cerca de cien testigos de los acontecimientos que se han prestado a ser entrevistados. Y a todos los compañeros y amigos que han acompañado este trabajo con sus consejos, su ayuda y, en modo alguno menos importante, sus oraciones. Especial reconocimiento merecen el hermano del papa, Georg Ratzinger por los detalles que me facilitó sobre la historia familiar, y el teólogo Dr. Manuel Schlögel, quien se ha encargado de entrevistar a algunas de las personas que han acompañado la trayectoria vital del papa y de revisar el manuscrito. Tanja Pilger ha extractado con maestría montañas de libros y materiales varios. Agradezco a Martina Wendl y a mi hijo Jakob la transcripción de las grabaciones. Mi lector, Johannes «Ojo de águila» Lankes, ha sido un concienzudo corrector y, además de sus conocimientos sobre el catolicismo, ha aportado apoyo mental. Jürgen Bolz, el lector de la editorial, lleva años ocupándose de la edición de mis libros y también en esta obra ha dirigido con calma el proceso. El antiguo director de la editorial Droemer, Hans-Peter Übleis, impulsó el libro; Margit Ketterle ha seguido creyendo en él, a pesar de varias interrupciones; Kerstin Schuster se ha ocupado de que pueda aparecer también en diversos idiomas. A mi mujer y a mi familia les estoy agradecido por el tranquilizador apoyo, que se hizo patente sobre todo en aquellos momentos en los que quien escribe estas líneas sencillamente se desesperaba por la abundancia de material y por la propia insuficiencia.
Tengo una deuda de gratitud con el arzobispo Georg Gänswein por haber respaldado el proyecto desde el principio y haberme explicado algunas circunstancias con impresionante franqueza. Pero el mayor agradecimiento se lo debo, como no podía ser de otro modo, al papa Benedicto. A lo largo de los años ha respondido con angelical paciencia todas mis preguntas, por muy fuera de lugar que estuvieran. Probablemente haya sido el único pontífice en ejercicio que hasta dejaba mensajes telefónicos en el contestador, como hacía con mis hijos. Me acuerdo especialmente del verano de 2012. Visité al pontífice en Castel Gandolfo. El papa se encontraba en un estado terrible. No solo me pareció exhausto, sino también abatido de un modo extraño. Solo a posteriori caí en la cuenta de que justo en esas semanas se debatía con la decisión que cambiaría para siempre el papado.
Como papa de un cambio de época, Benedicto XVI es tanto el final de lo antiguo como el comienzo de algo nuevo, un constructor de puentes entre mundos. Ha mostrado que la religión y la razón no se contraponen. Que precisamente la razón es la garantía que protege a la religión del peligro de deslizarse hacia enajenadas fantasías y hacia el fanatismo. Impresiona por su nobleza de carácter, su elevado espíritu, la honestidad de sus análisis y la profundidad y belleza de sus palabras. Todo el mundo sabía que lo que anunciaba, por incómodo que resultara, se correspondía fielmente con la doctrina del Evangelio y estaba en continuidad con los padres de la Iglesia y las reformas del Concilio Vaticano II; y ello, vinculado con el consejo de cultivar una mirada en profundidad a la esencia de las cosas, a lo fundamental de la vida y de la fe, en lugar de distraerse con superficialidades.
Uno no tiene por qué compartir todas sus posiciones, pero de lo que no cabe duda es de que de Joseph Ratzinger puede hablarse no solo como de un destacado intelectual -uno de los mayores teólogos que se hayan sentado en la sede petrina-, sino también como de un maestro espiritual que convence por su franqueza y autenticidad. La señalización que nos hizo del camino a seguir no ha perdido ni un ápice de actualidad; antes al contrario. «Un gran papa», así lo encomió su sucesor: «Grande por la fuerza y lucidez de su inteligencia, grande por su importante contribución a la teología, grande por su gran amor a la Iglesia y a los hombres». Y, no menos importante, «grande por su virtud y su religiosidad».
PETER SEEWALD
Múnich, 11 de febrero de 2020